CASA DE LOS CORONELES. La Oliva, FUERTEVENTURA. 2001-2006.

La primera vez que visité La Casa de Los Coroneles me sorprendió ver la silueta de la capilla secretamente hermanada con la de una montaña de geometría muy precisa, casi un cono perfecto. Busqué, cuando volví a mi estudio, en un atlas geográfico, el nombre de aquella montaña entrelazada a la casa: “De Los Ocho Reyes”. Esta alianza entre el paisaje y la casa puede señalarse como algo de enorme valor. La casa deja ver con una intensidad hasta entonces desconocida el lugar en que se inscribe, el lugar en que tú estás, tu lugar. Gracias a la construcción de la casa, lo que pasaría por una extensión intratable de montañas y barrancos secos se convierte en algo tuyo. El dibujo que hice entonces, sin saber que más adelante me sería encargado el proyecto de rehabilitación, quería expresar esa condición numerable y parca, pero también exquisita y extraordinaria, que presenta alrededor de la casa todo lo circundante: las montañas, los escasos matorrales, el relumbre del sol, las nubes y sus sombras sobre las faldas peladas, el atardecer, el viento. Estoy seguro de que hace varios siglos, quien fuese el arquitecto de esta casa, sintió la fortuna y la amistad que todas estas fuerzas le declararían si construía un buen edificio en ese lugar. Pero lo que te convence del todo es ver, cómo dentro de la casa, la técnica, la construcción, sigue de alguna manera siendo solícita a esta mezcla de lo escaso y de lo intenso para narrar la importancia del lugar revelado. Muchas de las operaciones constructivas consisten tan sólo en dar una respuesta sencilla, la más sencilla de todas las posibles, que de inmediato te sobrecoge por su economía, por su sentido trascendente. Voy a tratar de señalar varios aspectos de la casa donde se leen con claridad algunas de estas acciones: como las carpinterías de las ventanas se aprietan a presión contra las jambas del muro, jambas que presentan para ello una embocadura casi imperceptible, desaparece el tapajuntas; como los pares de la cubierta se contrarrestan entre sí, desaparece la viga central, la cercha, unidad tan costosa de producir donde no hay árboles de gran porte; como la tarima del suelo de las plantas superiores se clava directamente sobre las vigas de madera de la estructura, desaparece el rastrel; como todo esto es una lección de aprovechamiento del material, y por tanto de sustracción de peso propio, las columnas del patio se hacen finísimas y la sustentación de la casa parece por momentos rozar el límite de lo posible; como los muros de piedra volcánica son suficientemente gruesos y tienen como base un suelo duro, desaparece la cimentación; como las tejas se reciben todas entre sí con mortero se evita el retejado y se amortigua en el interior el ruido constante de los vendavales; como las gárgolas que concluyen las limas de las cubiertas son enormes, se burlan con su enormidad de que en Fuerteventura apenas llueva; como las numerosas estancias concatenadas entre sí tienen casi todas dos puertas en lados opuestos, se logra una brisa de ritmo indecible; como las dos torres extremas de la fachada principal ostentan unas almenas imposibles para la defensa, como su ingenuidad es excesiva, desaparece cualquier tributo a las representaciones complejas, ajenas o engreídas. Y como en medio del patio principal hay una jaula con un papagayo, o lo hubo y lo habrá dentro de poco, desde el centro de la casa se recuerda a las selvas americanas situadas en la otra orilla de ultramar y cualquier presentimiento sobre los límites finitos de Fuerteventura puede ponerse en duda. Se vuelve, desde la construcción, a entablar esta correspondencia sigilosa y admirable entre la casa y la tierra, esta interacción de la que nadie está excluido ni desea excluirse. Así, los turistas que llegan cada día a la obra con ganas de visitarla y de hacerse una foto ante la fachada principal para volver con ella a su país de origen, me parece que demuestran el apego humano, no hacia la historia del arte o hacia la cultura, sino hacia los verdaderos lugares.